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Desde la Doctrina Monroe hasta la llamada “Donroe”, Estados Unidos ha tratado a Latinoamérica como su patio trasero. Mientras los países de la región compiten entre sí, siguen bajo la sombra de la potencia de turno. La unidad aparece como el camino para dejar de ser un pueblo al sur.

Máximo Alonso
•13 de octubre de 2026•5 min lectura
Un pueblo al sur

Nadie en el resto del planeta toma en serio a este pueblo lleno de tristeza. Desde el encuentro entre el mundo europeo y el americano, nuestro continente ha sido visto como un botín para enriquecer al resto del mundo. Pasamos por múltiples independencias, de la mano de próceres como Bolívar, O'Higgins y San Martín, y aun así, hasta la actualidad, Latinoamérica nunca ha escapado de la sombra del colonialismo. Y así como para Hobbes el hombre es un lobo para el hombre, en América los americanos parecen ser lobos de los americanos. Pero no todos mordemos igual. Unos se disputan entre vecinos el título del más desarrollado entre los subdesarrollados. Otro, en cambio, que quiso ser el más grande de los americanos, se quedó para sí el nombre del continente y desde entonces mira, y tutela, nuestras soberanías.

Esa tutela empezó muy pronto. En diciembre de 1823, el presidente estadounidense James Monroe envió un mensaje al Congreso de dicho país con una declaración de principios de política exterior que luego se resumiría en "América para los americanos". Hoy, en pleno 2026, es nuevamente un presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien ha anunciado que es su turno de aplicar esa doctrina, y la prensa de su país la bautizó "Donroe". Esto no es novedad: el país del norte ha tratado a Latinoamérica como su patio trasero. Ocho décadas después de Monroe, el corolario de Theodore Roosevelt lo dijo sin rodeos: Estados Unidos podía intervenir en cualquier país de la región si veía sus intereses en riesgo.

El propio embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, ha confirmado esa lógica. En septiembre, en el Foro Madrid, aseguró que con gobiernos como el de Kast la doctrina Donroe se vuelve "muy fácil" y que Chile ya la está ejerciendo. Esta semana fue más lejos: planteó que, si Chile quiere apoyo en lo que respecta al Estrecho de Magallanes, debe trabajar con Washington en los temas que a este le importan. Judd asegura que lo sacaron de contexto y que nunca condicionó la soberanía chilena. Sin embargo, no es la primera vez que se ve envuelto en una polémica de este tipo.

Diego Portales, figura clave en la construcción del Estado chileno, ya recelaba de Estados Unidos en 1822, un año antes del mensaje de Monroe. Kast inició su mandato invocándolo, para decir que un país no puede gobernarse solo con ideas, sino que necesita carácter. ¿Qué quedó en el Escudo de las Américas de la soberanía que Portales habría defendido?

Es verdad que Portales tampoco soñaba con una Latinoamérica unida. Razonaba al estilo de Hobbes: desconfiaba de que los Estados actuaran por generosidad, y por eso recelaba tanto del poderoso que se ofrecía como protector del continente como del vecino que, unido, sería más fuerte que Chile. Para él, nadie cuidaba gratis a nadie. Y Chile tampoco era un cordero: Portales combatió la Confederación Perú-Boliviana porque temía quedar en desventaja, y quiso que Chile dominara el Pacífico.

Más de doscientos años después, Kast, que cuatro días antes había posado en Doral junto a Trump, el más grande de los lobos, lo evocaba desde el balcón de La Moneda. Pero una cosa es morder al vecino por miedo a ser atacado y otra confiar en quien tutela a todos. Aquella rivalidad, la de ser el más desarrollado de los subdesarrollados, solo nos ha llevado a ser dominados, de facto, por la potencia hegemónica de turno: España, Inglaterra, Estados Unidos y, poco a poco, China. Como ironizaban Los Prisioneros, las potencias sonríen al ver un continente repartido en veintitantas banderas, cada una celosa de su soberanía. ¡Qué tontería!

Dividir es debilitar

La ironía de Los Prisioneros tenía un antecedente ilustre. En 1891, José Martí, que vivió años en Estados Unidos y conocía de cerca al gigante, escribió en Nuestra América que los pueblos del continente debían ponerse en fila, como los árboles, para que no pasara el gigante de las siete leguas. Su mayor temor era el desdén del vecino formidable que no nos conoce. Era la hora, decía, de la marcha unida.

¡Latinoamérica es grande! Y debe aprender a decidir por y para sí misma si quiere dejar atrás el fantasma del colonialismo. El camino es largo y las tensiones no ayudan: este año, declaraciones de autoridades argentinas sobre el Estrecho de Magallanes volvieron a encender la alarma en Chile, y esta semana también hizo lo suyo el embajador de Estados Unidos. Argentina y Chile comparten una de las fronteras más largas del mundo, además de cultura e historia. Hay muchos casos así en la región: pueblos hermanos que, cuando pueden, se muerden unos a otros.

Europa, que durante siglos se desangró en guerras entre vecinos, tomó otro rumbo tras dos guerras mundiales devastadoras: empezó compartiendo carbón y acero, y terminó siendo un bloque con peso propio. No es un modelo perfecto ni hay que copiarlo, pero demuestra que la unidad es posible sin pasar por otra catástrofe.

Este lunes, cuando se conmemore el llamado Encuentro de Dos Mundos, es un buen momento para pensar en qué hicieron otros con nuestra Latinoamérica, pero también en qué hemos hecho, hacemos y haremos por nosotros mismos. Quizás cuando empecemos a plantearnos esto en serio, iremos, poco a poco, dejando de ser un pueblo al sur del hegemón de turno.

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