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La lección no es sutil: la cercanía política con Washington no compra protección cuando entran en juego los intereses económicos y estratégicos de Estados Unidos

En marzo, cuatro días antes de asumir la Presidencia, José Antonio Kast viajó a Doral para participar en la cumbre Escudo de las Américas, organizada por el propio Donald Trump. La foto dejó una imagen menor, al borde del encuadre, pero que condensaba una apuesta: que la cercanía simbólica con Washington tendría un correlato en el trato que Chile recibiría después.
Cuatro meses más tarde, esa apuesta no rindió frutos. El jueves pasado, Estados Unidos confirmó lo que venía anunciándose desde junio: un arancel adicional de 12,5% a las exportaciones chilenas, el tramo más alto contemplado dentro de la nueva batería de medidas contra 60 economías, bajo el argumento de que Chile no “combate suficientemente” el trabajo forzoso en sus cadenas de importación: decisión geopolítica vestida de investigación técnica.
La lección no es sutil: la cercanía política con Washington no compra protección cuando entran en juego los intereses económicos y estratégicos de Estados Unidos, y la relación con China termina pesando más que cualquier alineamiento declarativo o simbólico.
El desenlace, entonces, no es un episodio aislado, sino la confirmación de un patrón que ya veníamos observando desde hace meses en la conducta de Washington. Aranceles anunciados, suspendidos, reactivados y renegociados en cuestión de semanas; presiones sobre aliados históricos con una lógica transaccional que erosiona décadas de construcción institucional; cuestionamientos a la OMC y a organismos multilaterales que funcionaban como anclas de un orden que dábamos por sentado. Estas no son solo señales erráticas, sino un síntoma estructural de que la potencia que organizó buena parte del sistema internacional de la segunda postguerra ya no se siente obligada por las reglas que ella misma diseñó. Eso redefine el tablero para todos, y Chile no es la excepción.
Lo que hemos visto en Chile, frente a eso, es reacción antes que convicción. Así se puede interpretar más de una década con China como principal socio comercial, con casi un tercio de las exportaciones nacionales que van al mercado chino y más de un 97% de los productos nacionales que ahí con arancel cero. Pero nunca nos hemos hecho seriamente la pregunta de qué queremos de esa relación (aparte de un mejor precio del cobre y el litio).
El problema es que una relación construida sobre la incomodidad con un tercero es frágil por definición: si Washington recalibra, si cambia la administración, si los aranceles bajan, ¿qué queda entonces con China? Exactamente lo mismo que había antes: una relación comercial intensa, pero sin densidad estratégica, sin proyecto compartido, y sin Política.
La discusión ha oscilado entre el entusiasmo comercial y la desconfianza ideológica, sin encontrar un punto intermedio que sea estratégicamente útil. Lo que la presión de Trump está haciendo, en el fondo, es forzar una pregunta de segundo nivel que debimos habernos hecho mucho antes: dado que la relación con China ya existe y es profunda, ¿qué más podemos querer, construir u obtener de ella?
La respuesta a esa pregunta no está escrita de antemano, y probablemente admite más de un camino. Lo que no admite más postergación es la pregunta misma. Chile tiene ventajas comparativas reales (la transición energética es el ejemplo más elocuente, con activos extraordinarios en electromovilidad, solar, eólica e hidrógeno verde) que sin un socio de escala seguirán siendo potencial en papel. Pero decidir qué de todo eso queremos construir con China, y en qué términos, es algo que hasta ahora hemos evitado resolver.
China no puede ser excluida de la conversación por decisión o capricho de un tercero. Y mirar para el lado no es prudencia, es un lujo que un país que crece poco, con inflación sobre la meta, un desempleo que no baja de 8,9% y tres años seguidos incumpliendo su propia meta fiscal, como el nuestro, no puede darse.
Eso no implica ingenuidad. Reconocer el peso específico de China en el orden global no obliga a ignorar sus tensiones internas, sus diferencias estructurales con los sistemas occidentales, ni los riesgos de una dependencia mal diseñada. Pero el antídoto para eso no es la distancia: es la densidad. Una relación con más contenido es estructuralmente menos vulnerable que una relación reducida al precio de las materias primas. Chile tiene una oportunidad real. Pero aprovecharla requiere pasar de la reacción al proyecto de acción. Llegar a China empujados por Trump puede ser el punto de partida, pero no puede ser la razón definitiva.
Lo notable es que esta reflexión también empieza a instalarse donde menos se esperaría. Evelyn Matthei, que no es precisamente sospechosa de simpatías con Beijing, salió a decir apenas se conoció el arancel que el aumento es un castigo por tener relaciones comerciales amplias con China, y agregó algo más incómodo todavía para su propio sector: que debe abrirse una discusión sobre si seguir poniendo trabas a las inversiones chinas, porque hasta ahora han resultado un socio económico más predecible que Estados Unidos.
Cuando la excandidata de Chile Vamos llega sola a esa conclusión, la pregunta deja de ser ideológica y se vuelve simplemente pragmática. El Gobierno debería tomar nota.