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OPINIÓN

Patriotismodeutilería

Cuando entramos al mes de la patria hay una acumulación de hechos políticos que apuntan exactamente en la dirección contraria. El primero es el más visible: Chile no respaldó la candidatura de Michelle Bachelet a la ONU

Nicolás Freire
•27 de agosto de 2026•5 min lectura
Patriotismo de utilería

No es lo mismo ser patriota que ser patriotero. El patriotero se conforma con el gesto, la bandera en el balcón, el desfile, el discurso de septiembre sobre el orden y la grandeza de Chile. El patriota antepone la dignidad y los intereses del país incluso cuando eso incomoda a sus propios amigos. El mismo George Orwell, en 1945, trazó justo esa diferencia hablando de patriotismo versus nacionalismo.

Esa distinción, que suena casi de manual cívico, es la que vale la pena tener presente cuando entramos al mes de la patria con una acumulación de hechos políticos que apuntan exactamente en la dirección contraria.

El primero es el más visible: Chile no respaldó la candidatura de Michelle Bachelet a Secretaria General de las Naciones Unidas. Da lo mismo lo que uno piense de ella o de su Gobierno: negarle el apoyo a una expresidenta chilena en la escena internacional es, como mínimo, un giro inédito. Algo que ni siquiera el muy activo expresidente Eduardo Frei, tan locuaz estas semanas con la permisología y otras materias, ha sido capaz de comentar. El propio presidente Kast, y el oficialismo, han intentado justificarlo, no sin reconocer implícitamente que fue una decisión ideológica.

La oposición ya lo dijo sin matices: si esa candidatura fracasa, “tiene nombre y apellido”. Un Gobierno que no está dispuesto a poner ni una mínima cuota de capital político para que a una expresidenta le vaya bien afuera no tiene mucho margen para darnos cátedra de patriotismo en septiembre.

El segundo es más delicado, primero porque no es una omisión sino una sumisión: el ministro de Defensa Fernando Barros firmó, apenas un día después de asumir, una declaración conjunta de seguridad con el subsecretario de Defensa de Estados Unidos (en la órbita del Escudo de las Américas de Doral). Y segundo, porque ese documento no lo dio a conocer la Cancillería chilena, sino que lo reveló (¡por redes sociales!) el embajador de Estados Unidos, Brandon Judd, meses después, justo después de que el propio Barros afirmara que “nosotros no somos el patio trasero de ningún país”. En plena tensión con La Moneda, en lo que varios parlamentarios describieron sin ambigüedad como “presión” y calificaron de poca prudencia, no fue una filtración cualquiera: fue una represalia en tiempo real, la manera de recordarle a un ministro recién estrenado en soberanía quién manda realmente la conversación.

La respuesta oficial fue puramente administrativa (que la firma “no compromete a Chile”), y el mismo embajador, sin que nadie desde el Gobierno le pusiera freno, advirtió públicamente que las críticas de nuestros propios ministros “no ayuda a Chile”. Que un embajador extranjero filtre documentos de nuestro propio Gabinete para presionar a nuestro propio Gobierno, sin que este reaccione como corresponde, no es ciertamente diplomacia serena, sino que es dejar que otro te escriba el relato en tu propia casa.

Y no son hechos aislados. Ese mismo paquete de acercamiento con Estados Unidos (con quien tenemos un acuerdo de libre comercio) incluyó acuerdos de minerales críticos, abriendo el acceso a nuestras reservas de litio y a la cadena del cobre, dos de las pocas ventajas comparativas reales que tiene el país, sin que esa apertura evitara después el arancel del 12,5% a nuestras exportaciones. A eso se suma, de manera más simbólica pero no menos elocuente, el retiro de Chile del Movimiento de Países No Alineados tras 55 años de pertenencia, el cual por sí solo no tendría mayor significado, pero cuya lectura va ineludiblemente acompañada por las explícitas concesiones a Washington.

Ninguno de estos episodios, por sí solo, alcanza para hablar de subordinación. Juntos, sí alcanzan para hablar de un patrón: el de un Gobierno que cede terreno donde importa y después pone la bandera para las fotos de septiembre.

El contraste, curiosamente, no viene de La Moneda ni de la Cancillería, sino de dos alcaldes. Jaime Bellolio (UDI) y Tomás Vodanovic (FA), quienes en un espíritu ciertamente más patriótico que patriotero, acaban de proponer una agenda de política de Estado a largo plazo, “una invitación desde dos veredas distintas” que decidieron dejar de lado la trinchera para construir algo que les sobreviva a ambos. Dos alcaldes de bloques opuestos anteponiendo el interés de sus comunas, y del país, por sobre la comodidad de la trinchera partidista. Eso es exactamente lo que el Gobierno no ha sido capaz de hacer en el plano internacional.

En septiembre va a sobrar bandera, desfile y relato patriotero, pero el patriotismo de verdad, el que cuesta más caro, que no se aplaude en la Parada ni se baila en la Fonda, lo están mostrando dos alcaldes que se juntaron para defender sus municipios, no un gobierno que todavía no aprende que la dignidad soberana de un país no se agita, se ejerce.

Columna publicada en El País.

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