Fabrica Chile
NosotrosServiciosOpiniónContacto
← Volver a Opinión
OPINIÓN

Menoscaudillos,mejorespartidos

La reforma al sistema político no debería limitarse a reducir el número de partidos. Si los incentivos al personalismo siguen intactos, el resultado será menos colectividades pero igual de dependientes de caudillos electorales: la fragmentación solo cambia de lugar.

Felipe Valenzuela Escobar
•22 de septiembre de 2026•5 min lectura
Menos caudillos, mejores partidos

El gobierno ha puesto urgencia a un proyecto que ya venía propuesto desde el gobierno anterior, la reforma al sistema político. Reforma que ha querido la izquierda, la derecha, el sector privado, el tercer sector y hasta los intelectuales, pero que nunca se concreta. Sin embargo, la reforma al sistema político que se plantea no debería limitarse a reducir el número de partidos. Si el objetivo es recuperar la gobernabilidad, también hemos de preguntarnos qué tipo de organizaciones políticas queremos. Porque un sistema con menos partidos, pero igualmente dependiente de figuras personalistas, termina reproduciendo los mismos problemas que se pretenden solucionar.

La atomización del sistema de partidos dificulta la construcción de mayorías, vuelve más costosa la negociación y debilita la responsabilidad política. Aún con ello, elevar los umbrales electorales no garantiza, al menos por sí solo, partidos más coherentes. Incluso puede generar un incentivo antitético: que colectividades preocupadas por su supervivencia busquen incorporar figuras con alta votación personal, aunque tengan nula afinidad programática o una trayectoria de indisciplinas. El riesgo político es reemplazar fragmentación en el congreso por fragmentación en las internas partidarias.

Por eso, la discusión debería elevarse hacia la propuesta de listas cerradas y bloqueadas, acompañadas de mecanismos democráticos y transparentes para seleccionar candidaturas. Esto no trata de impedir que personas populares lleguen al hemiciclo, sino de que su popularidad no sea suficiente para reemplazar un proyecto político. El elector debe poder identificar qué programa profesa, ante qué partido responde y cuáles compromisos son realmente juramentos exigibles después de la elección.

Una democracia no necesita menos conflicto ni congresistas que hablen más bajo, necesitamos que el conflicto se traduzca en deliberación, acuerdos y responsabilidad. El problema no es que una figura tenga una personalidad confrontacional, sino que el sistema premie la performance por sobre el trabajo legislativo y que fomente más carreras políticas basadas en gritos que en compromisos colectivos duraderos.

El Partido de la Gente ofrece una advertencia sobre este problema. Su irrupción mostró que existe un electorado dispuesto a castigar a los partidos tradicionales, pero también que el anti-establishment no basta para construir una verdadera organización política. Cuando la identidad de un partido depende de sus figuras mesiánicas, la pregunta deja de ser con qué Chile sueñan o cuál es su plan futuro y pasa a ser quién llama más la atención de sus electores.

El fenómeno, por supuesto, no pertenece exclusivamente al PDG. Los partidos tradicionales también han caído en las tentativas del arrastre, figuras televisivas y personalidades capaces de asegurar votos, aunque su vínculo programático sea débil o nulo. Pamela Jiles y Francisco Orrego pueden representar estilos políticos distintos, pero evocan la misma pregunta alienadora: ¿estamos eligiendo proyectos políticos o griteríos y espectáculos de farándula?

La respuesta no puede ser prohibir la confrontación, pues una democracia necesita oposición, conflicto y liderazgos capaces de incomodar al poder. Pero gritar no es legislar, disfrazarse de dictadores o con capas rosadas en sala no es representar y tener muchos seguidores en redes sociales no es equivalente a tener un proyecto país.

Por eso, una reforma que eleva los umbrales sin modificar los incentivos al personalismo corre el riesgo de producir una paradoja: menos partidos, pero más dependencia a caudillos electorales. Las colectividades estarán más preocupadas de traer tiktokers para juntar firmas y votos, que de realizar amplios programas ideológicos o de formar mayorías para la estabilidad del país. La fragmentación no desaparecería; simplemente se trasladará desde la atomización del sistema a una guerra de trincheras dentro de las internas de bancadas.

Las listas cerradas y bloqueadas pueden contribuir a corregir ese incentivo, siempre que vayan acompañadas de democracia interna. No eliminan la posibilidad de que una directiva coloque a una celebridad en primer lugar, pero permiten que la competencia electoral se organice alrededor de una oferta colectiva. El partido debe responder por las candidaturas que representa y los ciudadanos deben poder exigirle cuentas por el programa que ofreció.

La reforma al sistema político debería aspirar, entonces, a algo más ambicioso que reducir números. Chile necesita partidos capaces de formar liderazgos, sostener acuerdos y responder por sus decisiones. Menos partidos puede ser un avance; menos partidos llenos de esta ola de díscolos parlamentarios, no.

El desafío es pasar del congresista como marca al partido como proyecto. No para terminar con la pasión política, sino para que la pasión vuelva a estar al servicio de las ideas, de las instituciones y de aquellos compromisos que sobreviven a cualquier coyuntura.

Publicado en la Red de Medios Mi Voz.

Fabrica Chile

Un centro de pensamiento comprometido con el análisis, la investigación independiente y el debate público abierto.

Contenido

  • Opinión
  • Instagram
  • Podcast
  • Productos

Institución

  • Nosotros
  • Servicios
  • Contacto
  • Boletín

© 2026 Fabrica Chile. Todos los derechos reservados. |
Desarrollado por MugiwaraDev®

InstagramTwitter / X