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OPINIÓN

Megarreforma:laausenciadeestrategiaylaquimeradelaunidadopositora

No existen, ni han existido en años, las mismas posturas ni las mismas prioridades entre el Partido Comunista, el Frente Amplio, el PS, el PPD, el PL y la Democracia Cristiana

Nicolás Freire
•22 de julio de 2026•5 min lectura
Megarreforma: la ausencia de estrategia y la quimera de la unidad opositora

La megarreforma está a un paso de convertirse en ley. El Senado la despachó con los 26 votos exclusivos del oficialismo, mientras la oposición en pleno (desde el PC hasta la DC) no logró articular ni una fórmula común de resistencia ni una de negociación. Ese desenlace fue la consecuencia directa de una crisis que ya se veía venir semanas atrás, cuando esa misma oposición pasó, en apenas cuatro días, de la fotografía de la unidad a la acusación pública de colusión entre sus propias filas, dejando en evidencia algo que hace tiempo se sospechaba: la unidad que se declama no es más que una quimera, sin coherencia ni estrategia que la sostenga.

El doble estándar de aquella semana no podía ser más evidente: cada bancada negociaba de manera autónoma cuando le convenía, y gritaba traición cuando era otra la que lo hacía. Las opciones interpretativas no eran muchas: o había cinismo, o no había estrategia opositora.

En rigor, los senadores del PPD no negociaron ‘solo’ por afán de protagonismo o interés individual: negociaron porque no existía un mecanismo operativo mediante el cual la oposición pudiera negociar como bloque. La unidad invocada nunca tuvo canal, vocería única, ni mandato para transar; era, en el mejor de los casos, una foto y una declaración de principios. Frente a eso, cada parlamentario y cada bancada hizo lo único que podía hacer: negociar por su cuenta y esperar que nadie más lo hiciera primero.

Pero había una capa más de fondo, y es ahí donde ese episodio dejó de ser una anécdota semanal para volverse síntoma. La misma semana en que estalló ese acuerdo, los presidentes de todos los partidos opositores se habían reunido para fotografiarse en unidad, prometiendo una estrategia común frente a la megarreforma. Esa unidad no sobrevivió ni un día, porque era una unidad negativa: alcanzaba para decir que no, pero no para acordar una propuesta propia, y se disolvía en cuanto aparecía la primera oportunidad de negociar algo concreto, incluso dentro de un mismo partido. El problema, entonces, nunca fue que la oposición se fracturara al negociar. Eso es inevitable, y hasta cierto punto sano y honesto: la política real no necesariamente se hace en bloque. El problema es que la oposición se negó a pensar esa fractura en términos estratégicos, tratándola como una anomalía moral en lugar de administrarla como un hecho.

No existen, ni han existido en años, las mismas posturas ni las mismas prioridades entre el Partido Comunista, el Frente Amplio, el PS, el PPD, el PL y la Democracia Cristiana. Fingir que sí las hay no evita la fractura, solo la hace más humillante cuando estalla en público. Hay, como sabemos, dos almas distintas dentro del espacio opositor (una más dispuesta al diálogo pragmático, otra que hace de la intransigencia su identidad) y esa fractura no respetó ni siquiera las fronteras entre partidos: atravesó a cada uno de ellos por dentro, como probó aquella semana la propia crisis interna del PS y del PPD.

La prueba de que esa ficción no sirve llegó con el desenlace en el Senado: la megarreforma se aprobó sin que ningún voto opositor pesara en el resultado (para el PPD, protagonista del episodio original, terminó transformándose en puro desgaste interno), y ningún sector progresista, ni los que negociaron en solitario ni los que se refugiaron en la pureza del rechazo unánime, logró torcer un artículo del proyecto, que se despachó sin una sola pincelada progresista en su letra final.

De hecho, los pocos raspones que se dieron al proyecto fueron mérito de senadores independientes (del oficialismo periférico), con quienes la propia oposición nunca articuló una negociación como bloque, pese a que ahí, y no en la unidad declamada entre sus propias filas, estaba la única mayoría circunstancial disponible. Ahora, agotada la vía legislativa, a la oposición solo le queda litigar en el Tribunal Constitucional, terreno en donde se dirimirá lo que no se supo negociar a tiempo.

Todo indica que el patrón se repetirá, con un protagonista distinto, en la Cámara: el Partido de la Gente, con sus “lógicas” y sin cargar con el peso simbólico de la unidad opositora ni la obligación de compartir su fórmula con nadie, negocia directamente su propio respaldo al tercer trámite, y no sería extraño que termine incidiendo en el resultado final más de lo que la oposición completa logró incidir en todo el proceso.

Mientras la oposición siga pensando la unidad como un imperativo moral antes que como una herramienta estratégica, seguirá siendo incapaz de distinguir cuándo conviene actuar en bloque y cuándo conviene moverse por separado. Que un sector dialogue con el gobierno no traiciona necesariamente al resto; puede ser, de hecho, la única manera de incidir en una reforma que de todos modos se va a aprobar. Pero eso solo funciona si se asume abiertamente y se planifica, no si se practica a escondidas y se condena en público, y menos aún si termina, de todas formas, sin ningún poder de negociación real que mostrar.

El problema de fondo fue casi el del pariente de un enfermo que se niega a hablar de la enfermedad: cuando el paciente se agrava, aparece la sorpresa. La oposición vio con claridad el rostro de su derrota electoral, pero se paralizó frente a sus propias fracturas internas y prefirió negar la realidad antes que gestionarla. Pudo haber resuelto esto entendiendo que sus distintas almas pueden unirse en momentos tácticos puntuales, sin fingir una estrategia común que no existe. En cambio, optó por la ficción declamativa, y la ficción no resistió ni veinticuatro horas.

La pregunta que la oposición debiera hacerse no es cómo lucir más unida la próxima vez que una bancada negocie por su cuenta, cuestión que volverá a ocurrir. Es si alguna vez comprenderá que su debilidad no está en que sus componentes negocien por separado, sino en renegar de hacerlo mientras lo practican; en seguir llamando estrategia a lo que apenas es un reflejo (la costumbre de decir que no, junta, sin saber decir que sí, por separado, y sin lograr, de ninguna de las dos formas, incidir en nada). Eso, el empeño en fingir una unidad que no existe en lugar de asumir una estrategia operativa que exige la diferencia, es la verdadera quimera: una oposición que perdió la batalla más importante del año sin haber tenido, en ningún momento, la posibilidad real de darla.

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