Laderechaamarrada
Alejarse de la línea del Gobierno de Kast tiene un costo que nadie en Chile Vamos está dispuesto a pagar

Durante meses, Evelyn Matthei criticó al Gobierno de José Antonio Kast medida por medida. El domingo dio un paso más y apuntó a su diseño político, con una doble estructura de poder en La Moneda, un quinteto que manda desde las sombras y un partido, el del presidente, que solo confía en los suyos. Que lo diga una militante de la UDI, partido que aporta al biministro más importante del Gobierno, retrata el estado del oficialismo mejor que cualquier encuesta, y lo hace justo cuando la desaprobación presidencial llega al 60%.
La respuesta del senador republicano Arturo Squella fue la de siempre, reclamar lealtad. Ya lo había hecho una semana antes con las senadoras de Renovación Nacional que pedían un cambio de gabinete, a quienes acusó de poner trabas en vez de preguntarse qué estaban aportando. En el oficialismo de Kast, la crítica de los socios se procesa como un problema de disciplina, y la concentración del poder en un núcleo partidario, para ellos es la forma natural de gobernar. Para el Partido Republicano, la coalición es una suma de apoyos, no un espacio donde se discute o se comparte la conducción.
Pero Matthei no está sola. El senador de Evópoli, Luciano Cruz-Coke, habla de dos mundos dentro del oficialismo, mientras que RN lleva meses advirtiendo el déficit político del Gobierno. De hecho, el director de Política y Sociedad Civil de Libertad y Desarrollo, Rodrigo Ubilla, salió a respaldar a la excandidata. Quien busque una derecha tradicional crítica de este Gobierno no necesita salir de él, porque la tiene en el Senado, en la directiva de los partidos y en sus propios centros de estudio, y la tiene, además, diciendo en público lo que hasta hace poco solo se comentaba en los pasillos del Congreso.
Lo que esa derecha no tiene es margen para actuar en consecuencia, y el senador UDI Javier Macaya lo explicó con una franqueza que se agradece. Si al gobierno le va mal, dijo, “vamos todos detrás”. La senadora y presidenta de RN, Andrea Balladares, tras meses de advertencias, terminó concediendo que cambiar el gabinete es potestad del presidente, y en la UDI no faltó quien le pidiera a Matthei criticar “donde corresponde”. Así funciona una derecha amarrada. Pone ministros y votos en un proyecto cuya conducción no le pertenece, sabe que cualquier naufragio la arrastra y, por eso mismo, discrepa en voz baja y vota en voz alta. Alejarse de la línea del Gobierno tiene un costo que nadie en Chile Vamos está dispuesto a pagar, y quedarse en silencio, uno que todavía cree poder administrar.
La otra mitad del oficialismo no carga con esas ataduras, y a esa derecha hay que describirla por lo que hace antes que por los adjetivos de sus adversarios. Insiste en sumar al Gobierno a los libertarios de Johannes Kaiser, cuyo líder sigue presentando el golpe de Estado de 1973 como el día en que Chile se libró de ser un satélite soviético. Firmó con ellos un indulto general que alcanza incluso a los “civiles que colaboraron”. Y rechazó la reforma de pensiones que Chile Vamos pactó con el Gobierno anterior. Hay un nombre para una derecha así, que además hoy conduce el Ejecutivo, y ese nombre es derecha radical.
Ahí el progresismo tiene una autocrítica pendiente, porque con esa derecha tradicional se equivocó. Durante demasiado tiempo la metió en el mismo saco que a Kast, en campaña y también en el Congreso, como si entre Matthei, Kast y Kaiser no mediara distancia alguna, cuando la reforma de pensiones (aprobada en el Senado por 40 votos contra 7, con apoyos que fueron desde la UDI hasta el PC y con los republicanos en contra) demostraba lo contrario. Esa vez el diálogo funcionó, pero se celebró como una excepción en lugar de promoverlo como una forma de hacer política.
Ciertas centroizquierdas en el mundo lo entendieron antes. En Alemania, con la AfD sobre el 20%, el SPD aceptó gobernar como socio menor de Merz para dejarla fuera del poder, y en Austria socialdemócratas y liberales se sumaron a los conservadores para impedir que el FPÖ, ganador de la elección con casi el 29%, llegara a liderar el ejecutivo. Ninguna de esas alianzas borró las diferencias entre sus integrantes, ni lo pretendía. En ambos casos, la contención de la ultraderecha se construyó con la derecha tradicional, nunca a pesar de ella.
Nada de esto supone que Chile Vamos vaya a abandonar mañana el Gobierno, ni que sus diferencias con la izquierda sobre impuestos, empresa o tamaño del Estado vayan a desaparecer. Supone algo más modesto y, para la centroizquierda chilena, más difícil, que es dejar de tratar a la derecha democrática como un apéndice de la radical y ofrecerle algo más que reproches cada vez que se atreve a discrepar. Las amarras que hoy la sujetan a Republicanos son de cargos, de votos y de miedo al naufragio, pero también se sostienen en la certeza de que, fuera del gobierno, solo la espera la intemperie. Esa certeza la construyó en parte la propia izquierda, y nunca es tarde para desmentirla.
Matthei dijo el domingo que su trayectoria le dio voz y que la va a usar. La centroizquierda haría bien en tomarle la palabra, y no para celebrar cada golpe que le asesta al Gobierno, sino para preguntarse qué le ofrece a esa voz cuando el ruido pase. Si la única respuesta sigue siendo el mismo saco en que se ha metido a toda la derecha, Matthei y quienes piensan como ella seguirán eligiendo el barco de Kast antes que la intemperie, aunque ese barco tenga el rumbo que ella misma critica. La derecha amarrada no se va a soltar sola, y es la centroizquierda, en esa encrucijada, la que tiene que decidir si la ayuda a desatar el nudo o la deja atada al barco radical. Nunca es tarde para empezar.
Columna publicada en El País.