Juddolaoposición
Recién a propósito de la última tanda de polémicas, el canciller Pérez Mackenna citó a Judd y le recordó (...) que “los embajadores, en general, no deben opinar sobre la política interna de los países en que están”

En 1946, el peronismo convirtió una intromisión diplomática en su mejor arma electoral. Meses antes de la elección presidencial argentina, Washington había puesto en Buenos Aires a un embajador, Spruille Braden, cuyo objetivo era contribuir en la derrota en las urnas a Juan Domingo Perón. A pocas semanas de los comicios lo intentó por escrito, con el Libro Azul, un documento oficial pensado para desprestigiarlo ante el electorado. Perón no perdió el tiempo desmintiendo el contenido: dio vuelta el tablero bajo la consigna ‘Braden o Perón’. Lo que era una elección entre candidatos se convirtió en un plebiscito entre soberanía e injerencia extranjera y la ganó por lejos. El episodio terminó convertido en libro ( “Braden o Perón”), que hoy es casi una pieza de culto.
El actual embajador estadounidense en Chile, Brandon Judd, no llegó a la diplomacia por la vía tradicional. Pasó casi tres décadas como agente de la Patrulla Fronteriza y fue sindicalista del mismo gremio, plataforma desde la que se hizo comentarista de Fox News y aliado de Donald Trump. Hoy lleva apenas diez meses en el cargo y ya acumula un historial que, en cualquier otra legación, habría significado una nota de protesta permanente.
Llegó a Santiago en noviembre de 2025 y no tardó en estrenarse: sus primeras declaraciones sobre el presidente Boric y el estado de la relación bilateral ya le habían costado una reprimenda formal de la Cancillería, algo insólito para un embajador recién arribado al país.
El primer gran round llegó en febrero, con la crisis por el cable submarino Chile-China Express. Washington revocó las visas del entonces ministro de Transportes, Juan Carlos Muñoz, del subsecretario y del jefe de gabinete y Judd salió a defender la sanción culpando al gobierno chileno de no haber actuado contra lo que llamó “actores malignos”. Muñoz reveló después que la sanción también tenía afectaciones familiares, algo que calificó de “especialmente doloroso”. Cuando en La Moneda dijeron sentirse sorprendidos, la respuesta fue más allá: dejó entrever que la permanencia de Chile en el programa Visa Waiver, dependía de lo que el gobierno decidiera hacer con el cable.
Con el presidente Kast ya instalado en La Moneda, en marzo, Judd dio por acabado el proyecto del cable chino, pese a que el nuevo Gobierno aún no se había pronunciado formalmente. En julio subió la apuesta: cuando dos ministros del Gabinete cuestionaron el arancel del 12,5% impuesto por Washington, el embajador advirtió públicamente que no habría acuerdo comercial si personas ajenas a la negociación seguían opinando sobre ella. En agosto, apenas días después de que el ministro Barros marcara distancia de Washington asegurando que Chile “no es el patio trasero de ningún país”, Judd filtró en redes sociales un documento que el mismo ministro había firmado meses antes sobre el Escudo de las Américas, dejando al ministro, y al Gobierno, en una posición más que incomoda.
La primera semana de septiembre concentró, por sí sola, dos episodios nuevos. En el Foro Madrid, Judd sostuvo que Chile ya ejerce la doctrina Donroe y que, con una administración como la de Kast, aplicarla “se vuelve muy fácil”. Casi al mismo tiempo, atribuyó la violencia del estallido social de 2019 a “activistas de izquierda”, una afirmación que la propia Cancillería lo obligó a sustentar con antecedentes de inteligencia. Ahí debió retroceder.
El episodio del estallido motivó, además, una denuncia penal de diputados de oposición por una eventual filtración ilegal de información de inteligencia chilena hacia la embajada.
Frente a todo esto, la reacción previsible tardó 10 meses en llegar. Recién a propósito de esta última tanda de polémicas, el canciller Francisco Pérez Mackenna citó a Judd y le recordó una regla básica de cualquier manual de relaciones exteriores: que “los embajadores, en general, no deben opinar sobre la política interna de los países en que están”. El Presidente Kast, hasta ahora, no ha dicho una palabra.
El malestar no se ha quedado solo en la Cancillería o en el Congreso. Según Cadem, un 62% de los chilenos considera incorrecto que el embajador se pronuncie sobre la política interna del país. La relación bilateral cruje por más de un flanco: un 87% rechaza el alza arancelaria y un 52% cree que Chile debería privilegiar su relación comercial con China por sobre la de Estados Unidos, y solo un 32% ve a Washington como socio comercial prioritario, muy por debajo de Japón (83%), Canadá (80%) o Reino Unido (78%).
Con todo, no es una sorpresa que un 74% aprueba que el propio Gobierno haya convocado al embajador a dar explicaciones.
En paralelo, la aprobación del presidente Kast se desliza en la misma dirección: 34% en la última medición de Cadem, cuatro puntos menos que el mes anterior y su nivel más bajo desde marzo, con un 61% que desaprueba su gestión.
Hoy son otros los tiempos y es otro el contexto, pero —en la medida en que la tónica continúe— no vaya a ser que la oposición encuentre el libro de culto en alguna feria de las pulgas de Buenos Aires, lo lea, y reconozca en él la misma brecha que la propia Administración estadounidense abre hoy en la política chilena, con el irónico costo que le impone a uno de sus presidentes más alineados. Si la encuentra, y decide reciclar la consigna en clave electoral, ya tiene un nombre a la mano. ‘Judd o la oposición’.
Publicada en El País.