¿CuántolecostaráaChileelEscudodelasAméricas?
Todo indica que en La Moneda no se calcularon ni calibraron bien los costos de la sumisión. Se miró el beneficio inmediato (la foto y la señal de afinidad) y no los riesgos indirectos.

“Chile está de vuelta”. Con esa frase, el presidente José Antonio Kast debutó este martes ante la Asamblea General de la ONU. Horas más tarde, tras participar junto a Donald Trump en el segundo encuentro del Escudo de las Américas, el Gobierno confirmó que el país adhiere a la coalición impulsada por Washington, una decisión que apenas días antes el canciller Francisco Pérez Mackenna presentaba como algo que Chile evaluaría.
La Cancillería se apresuró a describir la adhesión como un “marco de coordinación voluntaria”, y el propio presidente intentó precisar que no se trata de un tratado internacional. En concreto, el Ejecutivo habla de intercambio de información sobre organizaciones criminales, sistemas de análisis de datos, capacitación y mayor coordinación fronteriza. Dicho así, podría sonar inocuo. El problema es que en política exterior los costos rara vez están escritos en la letra de los documentos. Están en la señal que se envía, y en quién decide cobrarla.
La decisión, además, tiene algo de paradoja. Chile se pone detrás del escudo del mismo país que desde julio le cobra un arancel de castigo. Así es difícil de entender un alineamiento cuya contrapartida el Gobierno todavía no ha explicado.
Pero hay una capa más de fondo. La experiencia de quienes llegaron antes al Escudo muestra que la factura no siempre la emite Washington. Panamá es el caso más elocuente. Tras anular la concesión de CK Hutchison sobre dos puertos del canal, por presión estadounidense, Panamá enfrenta hoy un arbitraje por más de 2.000 millones de dólares, el congelamiento de nuevos proyectos chinos y mayores controles a sus productos. La cuenta ya empezó a llegar. Y eso que la exposición de Panamá es bastante menor que la nuestra. En 2023, China representaba el 17,2% del comercio exterior panameño y el 31,7% del chileno.
Ecuador muestra la otra cara del mismo fenómeno. Seis días después de Doral, el presidente Daniel Noboa firmó un acuerdo comercial que libera de la sobretasa arancelaria al 53% de sus exportaciones no petroleras, a cambio de abrir su mercado y asumir compromisos a la medida de Washington, sin recibir lo mismo de vuelta. El propio Noboa lo justificó recordando que negociaba con una economía 350 veces más grande que la suya. Pocas veces un mandatario renuncia tan explícitamente a tratar a su país como un igual en el contexto internacional.
Ninguno de estos episodios, por sí solo, demuestra que adherir al Escudo sea un mal negocio. Juntos, sí dibujan un patrón. El alineamiento con la Casa Blanca se paga por adelantado (en puertos, en aranceles o en acceso a mercados), mientras los beneficios quedan sujetos a la voluntad cambiante de Donald Trump.
La lección tampoco se agota en la región ni en el prisma chino. Luego de haber recibido aranceles del 50% sobre cerca de 20.000 millones de dólares de bienes, Canadá, el socio más integrado de Estados Unidos, decidió mirar a Europa. Ya es el primer país no europeo en el programa de defensa SAFE de la Unión Europea, siendo invitado incluso a ser su primer miembro asociado. Efectivamente, hay alternativas.
Pero acerquémonos al sector político que representa el presidente Kast. La trayectoria de Giorgia Meloni (líder de la derecha radical italiana) es aún más reveladora. De hecho, fue la única líder europea invitada a la segunda investidura de Trump. Con posterioridad, sin embargo, admitió que la cercanía con Trump podía salir muy cara. Y no es un caso aislado. Tras la derrota de Viktor Orbán en Hungría, incluso la derecha dura europea ha comenzado a recalcular el costo político de verse demasiado cerca del presidente norteamericano.
Ese socio, además, tiene un problema de horizonte. A seis semanas de las elecciones de mitad de período, los demócratas aventajan a los republicanos por unos ocho puntos en el promedio de encuestas legislativas y necesitan apenas tres escaños para recuperar la Cámara de Representantes. Aunque estas elecciones rara vez se deciden por política exterior, un Congreso adverso reduciría su margen de maniobra, incluida la llamada doctrina Donroe. Kast se ata así a un liderazgo que podría perder el Congreso en seis semanas.
Todo indica que en La Moneda no se calcularon ni calibraron bien los costos de la sumisión. Se miró el beneficio inmediato (la foto y la señal de afinidad) y no los riesgos indirectos, que en los casos revisados terminaron cobrando terceros. La decisión fue apresurada, anunciada sin debate en el Congreso y apenas días después de que el propio canciller hablara solo de evaluarla. Pero, más que apresurada, revela -una vez más- ingenuidad o inexperiencia.
Tampoco parece haberse medido el costo político interno de verse demasiado cerca de Trump. Aliarse a Trump se paga. Panamá lo paga en puertos y arbitrajes, Ecuador en acceso a su propio mercado, Meloni en capital político. Chile todavía no conoce el monto de su factura, pero todo indica que este Escudo de las Américas costará caro. La pregunta es quién lo pagará.
Columna publicada en El País.